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Labor de taracea

 

No nos quepa duda que la novela es el género literario  de este siglo. Y tampoco de que se viene predicando su crisis. Cuando ésta apareció el verso habría de morir. Sin embargo Jorge Volpi en su novela Oscuro bosque oscuro afirma que en su novela usa el verso libre  como recurso narrativo y en  su collage  escritural  nos  provoca diciendo  que la ausencia de puntos convierte el texto en una larga plegaria y la vuelve, en efecto, vertiginosa. Leo  Castillo desarrolla una que denomina, acuñando la expresión, técnica de tableteo, trabajo novedosamente experimental en que, a lo largo de 180 apretadísimas páginas, campante, solo emplea el punto y seguido, prescindiendo de la coma, punto y coma, dos puntos, paréntisis, etc.: una novela a fuerza de solo punto y seguido, que, sin embargo, al ser leída en voz alta, resulta de una sorprendente calidad oral.

 

En tratándose de Colombia sería de esperarse que la técnica fuera más de ametralladora que no de tabletas electrónicas, tan de modas  hoy en día. Y luego se le ha planteado  a las ediciones de libros  la aparición de otro adversario catastrófico, la digitalización del texto.

Primero las editoriales colombianas le declararon la guerra muerte a la poesía, que no había podido superar la aparición histórica de la prosa, y ahora cancelaron las ediciones de novela en Colombia. Tal parece que estuviésemos llegando al fin de la era gutemberg. Fue el mismo McLuhan quien señalara en su marxismo de país industrializado  que los logros electrónicos que han puesto fin a la monotonía de la era gutemberg también crearían una pasividad intelectual  en las sociedades industrializadas. ¿Cómo se atreve entonces un hombre desde Barranquilla a editar su novela Labor de Taracea?

 

Si  nos atenemos  a la definición de los formalistas rusos, quienes consideran  a la novela  como una acumulación de relatos  a través de un personaje constante o el de la sociología mediante el cual múltiples relatos son orgánicamente sintetizados a través de un personaje central, el texto sale muy bien librado. En efecto, el autor hilvana  los episodios de la novela a la manera bocacciana, convirtiéndose los capítulos en verdaderos relatos urbanos de un crimen serial, encuadrando  los capítulos finales con los posibles testimonios que dieron origen a la angustia del personaje (protagonista-narrador-detective empírico según la tradición de Poe o Sir Arthur Connan Doyle.)

 

Tenemos así un narrador guarecido tras una careta veneciana. Los capítulos, en que el narrador asume la primera persona, hacen gala de un lirismo militante en su lenguaje de picaresca urbana. Caricaturas, máscaras que producen  las sociedades que han acuñado el odioso epíteto de desechables para quienes no ha habido oportunidades. Un universo de crapulosos, seres abisales de los antros urbanos, subproductos de los avaricia del poseedor.

 

Aquí parece erguirse la figura del Lazarillo, que en su época como ahora, reflejan la vida de sociedades que caen a la sima de la pobreza y el poderío comienza  a declinar. Los economistas perversos  del neoliberalismo tildan a estos "humanoides" de neonómadas, como si los productos alimenticios en los abarrotes se presentaran como regalo de la naturaleza y no como mercancía  con la que se especula para producir riqueza desmedida.

 

Debo señalar además cómo Labor de taracea, la novela de Leo Castillo, en sus capítulos finales, acude al testimonio. Sorpresa. El narrador finge, a la manera decimonónica, recomendando cómo leer el manuscrito. Vamos a tomarlo como un aspecto lúdico, en que el texto encuentra su unidad  novelada  a la manera de la novela de no-ficción, característica de ciertos  narradores  norteamericanos, entre ellos Truman Capote. Pierde  así la novela  su carácter sacrosanto y se hace sacrílega; rompe el carácter del presupuesto épico tradicional y redefine una épica de lo cotidiano. Por eso el personaje tejió su obra en forma mundana, con personajes y ambientes plebeyos y otros no tanto y la mística que persigue en el destino de la pesadilla, humanamente su propia liberación de sí mismo como escritor. Las comparaciones establecen jerarquías: Marvel Moreno describió las veleidades de los burgueses de Barranquilla; Alvaro Cepeda deja entrever el espíritu  huelguístico en la Casa Grande por el sustrato del anarquismo italiano y Leo Castillo acaso su protagonista, en su vida espiritual  en contraste con la pobreza lumpen descrita, no decae porque siempre tiene prendida la tea de la revolución francesa. Por encima del nutrido recurso de la intertextualidad desplegada aquí, Labor de taracea embosca la conciencia, el tejido social, la falta de sensibilidad, el antihumanismo en forma de zoologismo.

 

En el capítulo XXV, ante el asombro de quienes ven a un habitante callejero declamar haikai japoneses y jarchas medievales, se exclama: miren un indigente que sabe escribir. Quiero, al contrario, pero tomando la voz callejera, origen de la novela, escribir: lean a Leo, un novelista que sabe escribir.